Cuento IX

Mientras el “Just a gigolo” de Monk pinta las paredes de un azul esmaltado yo sigo perdido en mi insomnio, no puedo dormir desde hace dos semanas, duermo solo una hora cada día, el resto del tiempo lo paso sentado en la cama escuchando a Monk y a Ellington, esperando impacientemente a que llegue el momento, a que llegue mi fin, a que mi madre entre por esa puerta con un cuchillo en sus manos para quitarme la vida, poseída por esa locura que la embarga desde hace varios meses. Pobrecita, la muerte de mi hermano no la ha dejado descansar en paz, ella parece estar bien, ante todos se muestra tranquila, habla con calma y casi no se le encharcan los ojos. Pero yo la he escuchado, muy tarde en las noches, repetir pasito ese nombre, el nombre mi hermano. Lo repite una y otra vez, con un hilo de voz temblorosa, y en las mañanas se despierta como si nada, incluso sin rastros de haber estado llorando. Hace quince días la encontré mirando fotos de cuando mi hermano y yo éramos pequeños, tenía en su rostro un gesto muy inusual, no era de tristeza, ni de melancolía, yo me acerqué, la abracé y le di un beso en la frente, ella siguió mirando las fotos sin espabilarse. Cuando salí de la habitación escuche que dijo en un tono de vos muy bajo, tan bajo como la respiración de una mosca: debiste haber sido tú.

 Esto me afectó mucho, estuve pensando mucho en sus palabras, “debiste haber sido tú”, “debiste haber sido tú”; no podían significar otra cosa, desde ese día la trato con cuidado. Ya casi no hablamos, el silencio y la indiferencia se han tomado la casa, una atmósfera pesada y tensa ronda cada espacio de este minúsculo apartamento, somos como dos fantasmas que ocupan el mismo espacio y tratan de no encontrarse. El otro día la vi observando un cuchillo de la cocina con un gesto demente, lo miraba atenta, abstraída en su forma; le pregunté en que estaba pensando, y me dijo que en nada, que solo pensaba, que estaba bien. Pero sus ojos decían lo contrario, sus ojos revelaban la locura y el odio, revelaban a ese fantasma demente que ronda por la casa con la cabeza llena de quien sabe que porquerías. Desde ese día no puedo pensar en otra cosa que en la idea de que mi madre quiere matarme, todas las noches lo mismo, el mismo susurro diciendo su nombre. Desde hace varios días ha empezado a rasgar algo con las uñas, lo escucho bien, no se que sea, he buscado en su habitación pero no veo las marcas en ninguna parte, no se que pueda ser, no importa, la verdad es que ese sonido y sus susurros  retumban en mi cabeza haciendo eco todas las noches, un eco duro e incesante. Por eso no duermo, el miedo golpea como una pequeña aguja en mi cerebro y la impaciencia me mantiene despierto. Esta noche es igual a las demás, su desquebrajada voz repitiendo una y otra vez el nombre. Esta noche ella va a matarme, lo se, lo siento, lo vi en sus ojos antes de que se fuera a la cama, la forma en que frunció la boca delató sus oscuros propósitos. Pero ella no sabe que lo se, ella no se espera que yo entre primero, no se espera que me adelante a su plan. Salgo silenciosamente de mi habitación, todo esta oscuro, solo las leves luces del alumbrado navideño que hay fuera de la casa me ayudan a ubicarme un poco, camino a la cocina y tengo suerte, ella todavía no ha tomado el cuchillo, lo empuño con fuerza, y midiendo mi respiración camino despacio hasta su cuarto, abro la puerta con cautela, veo un bulto que respira, los susurros se hacen más fuertes en mi mente al igual que el sonido que hace con sus uñas. Con un movimiento rápido la tomo por la cabeza mientras con los pies sujeto el resto de su cuerpo, ella me mira con pánico, tapo su boca, se mueve demasiado (es sorprendente cómo el miedo nos da más fuerza), suelta algunos alaridos ahogados y lentamente corto su garganta, a medida que voy cortando sus ojos  aterrados no dejan de verme, la sangre empieza brotar y me baña por completo, sus ojos ya no me miran, ahora esta muerta. No mas susurros, no más insomnio, me quito la ropa y me dispongo a dormir como no lo hago hace mucho tiempo. 

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